Hilos de Plata


Es difícil que inicie septiembre sin que me atrape la nostalgia. El cambio en mi temperamento es inevitable y se nubla de lágrimas el recuerdo. El 3 de septiembre del 2003 fue la última vez que pude ver su cuerpo, iba guardado en un ataúd que llevó consigo su sonrisa, caricias, palabras y sobre todo su aliento.

Es de noche y la soledad de la casa hace eco en mi memoria. Sé que no estoy solo, porque Jesús está conmigo y es con Él que he hablado de esto tantas veces. Como la vez que estuve de rodillas tratando de chantajear “el milagro” de tenerla con vida. Sin saber el propósito que tenía Jesús. Su partida dejó un gran vacío en nuestra familia.

Es admirable como hay personas que se vuelven la amalgama de las familias. Que bajo sus faldas se mueven todos y ellas, aunque sus hijos ya pinten canas, los tratan como niños. Sus comidas e incluso el café, llevan un sabor diferente. Ese sabor, que ningún chef puede imitar; pues surge del amor con que preparan las cosas.

Recuerdo sus palabras, su aroma, la ternura de sus caricias, lo tibio de su abrazo… El consejo que nunca faltaba, su alegría de tenerme a su par y consentirme, aunque ya me creyera un hombre. La facilidad con que me hacía sonreír. Me enseñó que las tristezas, se podían llevar mejor con tortillas frescas y mantequilla. El amor con el que preparó dulces y postres para mis piñatas.

Hace 14 años de su partida. La matriarca de la familia Linares. María Elvira Linares López, mujer esforzada y valiente. Que vivió de todo y no importaron las circunstancias, pues debía sacar adelante su familia. De quien tuve el honor de ser su primer bisnieto y como nuestros apellidos eran semejantes, de pequeño me decía que éramos hermanos. Sus juegos que despertaron un ingenio y facilidad de palabra en mí. Sus dichos y refranes, sabiduría que Dios le regaló.

Le he pedido perdón a Dios por el reclamo de llevársela consigo y es que los 17 años que estuvo con nosotros no fueron