Machos ALPHA


Mientras disfrutaba de mi café de media tarde en la sala de mi casa. Divisé una foto en la pared que quizás no es la más llamativa, tampoco la más grande; sin embargo, atrapó por completo mi mirada y me hizo abordar el tren del recuerdo.

En ella aparecía con traje de cadete sosteniendo el pabellón nacional y unos lentes de aviador que mi papá me había regalado. Era un niño que quizás tendría unos 4 años y lo que puedo recordar de ella, es que el viejo me pidió que me pusiera serio para tomarla.


Sinceramente he desperdiciado una gran parte de mi vida en contienda permanente con el viejo. Mi adolescencia se fue en plena desobediencia y rebeldía con él. Pero lo que no puedo negar es que siempre fue mi modelo a seguir y aunque ya pinte canas, el sigue siendo el macho alpha de la manada de mi hogar.

Como hombre admiro tanto a mi papá. Su temperamento, vocación de servicio, empuje hacia adelante han sido referencias de vida para mí. Como hijo lo he visto en tantas facetas y situaciones, la forma en que ha salido avante es admirable.

Sin embargo, hubo una vez que marcó mi impresión como hijo. La primera vez que vi a llorar al viejo con sentimiento, como olvidarla. Esa tarde el sol brillaba, pero para nosotros era opaco. Era el entierro de mi abuela Chepira y era el último adiós en esta vida. Nos abrazamos con mi hermano y esta vez nadie podía consolarlo; el macho alpha lloraba y sólo podíamos acompañar ese llanto.

Esta sociedad machista que nos ha visto crecer, evita el hecho de como hombre tendremos que enfrentarnos a situaciones que nuestro corazón soltara lágrimas al no tener otra alternativa. Al conocer del amor de Dios nos hemos vuelto más sensible, sin duda.