Se me agüita el alma, al recordarlo.


¿Qué creen? Que de tanta pedaleada que he dado estoy aprendiendo a masticar el ladrido inglés. Así que… What’s up my doggys? O como diríamos al buen catracho: “Buenas, buenas mis canes amigos.” Hay un gordo que escribe aquí que dice que ser perritos al servicio de Dios es lo que el aspira. Así que no me olvido de mis humanos amigos. Como dicen por allí, al buen caliche: “Hellow mi gente”.

No había tenido tiempo para escribir porque estaba pegando unas camelladas de orden por todas las pampas olanchanas, y justamente hoy me encuentro en un lugar que me atrae mucho y me hacer recordar bien bonitillo. No solo por lo que viví ahí, sino porque ahí aprendí una de las mejores lecciones de vida que una persona muy querida me pudo dar.

Estoy en un lugar de gran riqueza arqueológica, pero también es un tesoro natural que ofrece una fauna y paisajes incomparables. Es en las Cuevas de Talgua, un parque nacional ubicado en el municipio de Catacamas, Olancho al noreste del país, uufff acá es bien tuani. Se los recomiendo.

Una de las loqueras que más me gusto de esta cueva fue cuando casimente al final del sendero uno mira un chingo de calaveras brillantes en la oscuridad y para que les digo, si mañana llego. Uuufff eso es un magnifico espectáculo porque estas están así por los depósitos de calcitas que hacen que parezcan brillantes, aparte de eso disfrute de muchas otras cosas como montañismo y loqueras en el rio aparte que me pegue una forrada en la cafetería de ese lugar que estuvo de orden.

Pero ya bajándole al gas, como dicen casimente. La onda es que les quiero contar es que estas cuevas las había visitado en mi corta edad perruna, cuando era un cachorrito juguetón. Vine junto con uno de mis mejores profes que pude tener, el cual marco mucho mi vida, ese día salimos a pasear con el profesor, a quien todos nosotros lo considerábamos un alero debido a su bondad para quienes seguíamos sus instrucciones. Pero ese día mientras caminaba junto a él, es que en esa época era medio arrastrado con el profe, casi me hago sapo.

Vi en el camino hacia la cueva, un par de zapatos viejos, en ese momentito me dije a mi perrismo, que era de algún campesino de la zona porque eran como los que veía si todos Ulises, y estaban ahí porque pensé que el campesino al terminar sus labores se los ponía y se iba pa’ su casa. Y ahí se me ocurrió una pasada que le dije al profe; escondamos los zapatos y ocultémonos detrás de esos arbustos para ver su cara cuando no los encuentre".