Es de bien nacidos ser agradecidos.


La sencillez de un plato de comida que mi madre cocinó para mí unos días atrás, me hizo recordar una época en la cual no me sentía agradecido con lo que tenía. Ese mismo día, la nostalgia en mi boca me hizo sentir como ratatouille, el olor, el sabor y la sensación de poderle pasar el dedo al plato para agarrar hasta el último bocado de aquel almuerzo.

Recuerdo de joven miraba tan simple un plato que contenía frijoles guisados, con chile, cebolla y tomate, un poco de arroz y el infaltable plátano frito en rodajas, típico de Honduras, combinado con queso o mantequilla, muchos dirán que es un plato fenomenal, así como yo lo pienso en la actualidad, pero en esa época de mi vida lo asociaba con un mal sentimiento, con etapas cuando no había muchos recursos en mi casa; acostumbrado, como buen gordito, a comer de todo, miraba ese plato y lo relacionaba con escases. Un pensamiento totalmente tonto de mi parte, ya que no me daba cuenta de que detrás de ese plato había un gran esfuerzo de una madre que con poco dinero siempre se las ingenió para dar de comer a los tres hombres de la casa.

Siempre admiré a mi mama por eso, nunca perdió la calma y la fe de que las cosas iban a mejorar, aun sin dinero nunca hubo una pelea dentro de casa. Muchos hemos pasado por momentos como esos, momentos en donde todo se ve mal y en donde la única forma de encontrar una respuesta o una solución es a través del Poder Maravilloso del Señor, y como era un joven que solo veía lo que le beneficiaba, nunca, por muchos años, me di cuenta que realmente quien nos sostuvo fue Él, no había riquezas pero tampoco escases. ¿Te ha pasado que después de un tiempo nos olvidamos de aquello que Dios hizo por nosotros cuando más lo necesitábamos?, puedo asegurar que casi a todos nos ha pasado, momentos en los cuales se nos olvidó lo agradecidos que estábamos y eso hizo que bajáramos la guardia y comenzamos a estancarnos espiritualmente y aquel agradecimiento que en un inicio hubo, se volvió en nada más un reconocimiento: “Reconozco que Dios me ayudó”.

Pero en estos días he experimentado algo sobrenatural de parte del Señor, aun y cuando reconozco que no estoy al 100%; y quizás con ustedes que están leyendo esto, también, Dios hizo algo precioso en sus vidas, pero estamos agradecidos por ello o no conformamos con un simple “Dios es bueno”.

Hace poco estaba comiendo con mi esposa del plato que les hablé y le comenté lo mismo, que antes no me gustaba esa comida, pero hoy anhelo tanto ese olor que me recuerda que Dios siempre estuvo ahí. Es momento de reflexionar sobre las promesas o palabras que un día dijimos que haríamos si Dios hacía algo por nosotros. Dios no se ha olvidado de esas palabras, ni de tu promesa; tampoco te reclamará y te las sacará en cara, pero que lindo sería que conscientemente cada uno de nosotros llevara a cabo cada una de esas promesas de servicio que hicimos al Señor.

Una nostalgia que se convierte en sabor es ahora ese plato que marcó tanto mi vida, sin darme cuenta. Hoy quiero invitarte a que hagas un análisis de tu vida, a que traigas a memoria aquellos momentos en los que Dios hizo algo hermoso en ti y por lo cual estarás agradecido toda tu vida con Él. Y no solo hacer memoria, sino que intenta cumplir con las promesas de ese pacto de gratitud.

Por mi parte, mientras disfruto de este gran plato. Agradezco en primer lugar a Dios porque hasta el día de hoy nunca nos ha hecho falta nada y luego agradecer a mi madre porque ella siempre mantuvo la calma aun cuando solo hubo frijolitos guisados para comer.