Memoria



Los registros de memoria que tenemos albergados muy celosamente en nuestro corazón y mente, tienen la capacidad de hacernos felices o infelices, dependiendo de si los mismos son buenos o malos recuerdos; por ejemplo, si tenemos registrado en nuestra memoria el recuerdo de una persona que jugó un papel importante en nuestra vida pero que ya no se encuentra con nosotros, sea por separación o por que haya fallecido, entonces este recuerdo puede estar afectando nuestra alma haciéndole sentir nostalgia por la ausencia de ese ser querido o dolor y amargura si es que esa persona nos causó algún mal o nos traicionó.

Puede suceder también, que al vivir momentos de infortunio se haya registrado en nuestra mente el olor, el perfume y hasta los gestos de la persona que nos infringió algún dolor y luego de pasado algún tiempo, nosotros llegar a pensar que ya no nos afecta lo vivido o hasta creer que lo hemos olvidado; sin embargo, si volvemos a experimentar algo similar más adelante; entonces nuestra alma, como un mecanismo de defensa, vuelve a traer a memoria lo acontecido en el pasado asociándolo a la nueva experiencia, por lo que volvemos a sentir el mismo dolor o angustia, pero en un grado mayor.


La memoria es la potencia del alma (capacidad mental) por medio de la cual se registra, conserva y evoca experiencias que vienen a ser ideas, imágenes, sentimientos, sabores, etc., entonces cuando nosotros no ministramos nuestra memoria, sin importar donde nos encontremos, las facilidades que tengamos o cuan felices creamos ser, igualmente podemos estar viviendo sumergidos en un profundo dolor a causa de los recuerdos que nos afectan.

Ahora bien, el anhelo de Dios es que nosotros seamos libres de esas memorias que tanto daño nos causan y que logremos experimentar la vida de gozo que el Señor quiere darnos. Uno de los métodos de descontaminación que el Señor nos ha dejado es la ministración de la Santa Cena, la cual nos trae como parte de sus beneficios, la sanidad a nuestra alma.