Te digo adiós prisión


Regresar al lugar de donde Dios nos sacó. ¡Qué ilógico suena, verdad! Cuando se sale de una prisión en donde solo un rayito de luz se asoma, y las cadenas están haciendo que tus muñecas se pongan moradas, detienen tu circulación, tus tobillos hinchados; una gota exasperante te mantiene inestable… quieres moverte pero un peso demasiado grande está sobre ti, quieres pero no puedes. Tu visión está borrosa. En algunos momentos, por aquella grieta que está cerca de donde cae la gota, puedes ver el espectro de la luz que entra y te da cierta paz pero, pronto se vuelven incomprensibles, sin saber que son. ¿Quién en su sano juicio puede regresar ahí después de que Dios le da la libertad?

Por ilógico que suene cuando se entra en un estado de tibieza en tu relación con Dios, terminas regresando a esa prisión. ¿Por qué? Sencillo, ya es un lugar y una situación conocida, sabes el grado de dolor que puede causarte, sabes cómo enfrentarlo o aceptarlo, hasta te imaginas cosas peores. Es un autoengaño, el creer que esa circunstancia es normal o que la dominamos. De repente, poco a poco, como por gotas de agua en llovizna, tu ropa está mojada hasta puedes escurrirla. Así ha caído sobre ti, envolviéndote con todo aquello a lo que ya renunciaste. La depresión y el desánimo te acobijan y te hacen sentir nuevamente que no tienes salida. La ira tapa tus oídos y no escuchas la voz de Dios. El orgullo y egocentrismo te ciegan y ahora ves lo que tú quieres, no ves con el discernimiento de Dios. La falta de perdón, la incredulidad hacen muro en tu corazón y ya no eres sensible al Espíritu Santo de Dios. La frustración encadena tus pies y no puedes caminar y hacer uso de las estrategias que Dios te da. En fin, te encuentras de nuevo escuchando cada gota exasperante, volviéndote impulsivo; esa gota susurra con un eco infinito “no quieras escapar, no lo mereces, este es tu lugar, viste: saliste, fuiste libre, tuviste paz, escuchaste la voz de Dios, pero entendiste que no es tu lugar”…

Ahí, en tu prisión, levanta el rostro hacia dónde está ese rayito de luz, clama a Dios que te libere, que te de fortaleza, determinación, que te enseñe a amar como solo él sabe hacerlo. Clama al Dios de amor que te ama sin importar que huyas de su presencia. Él conoce tus batallas, tus debilidades, tus errores, pecados y sobre todo conoce tu corazón. Y está listo, esperando tan solo que le pidas ayuda. ¡Para actuar en tu vida! Y regresarte al lugar que perteneces, lugar y propósito que él diseñó con amor para tu vida.

“Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador” 2 Samuel 22:2

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